En la edición anterior vimos que la innovación abierta corporativa, tal como se practica hoy en el Perú, está concentrada en tres sectores: minería, servicios financieros y, en menor medida, consumo masivo. Son sectores con capital, con presión competitiva regional y con estructuras ya acostumbradas a evaluar tecnología.
Y el resto de la economía productiva del país, ¿qué pasa con ella?
Agroindustria, pesca, acuicultura, manufactura no minera, textil. Sectores que no son pequeños ni marginales. La agroexportación peruana superó los US$15,000 millones en 2025, un récord histórico. Y sin embargo, casi no aparece en el radar de ningún programa de innovación abierta con visibilidad.
Esta edición no tiene la respuesta completa a por qué. Tiene, eso sí, una hipótesis y una lista de preguntas que valen más que cualquier dato suelto.
No es un problema de dinero
Esta lectura no la hago desde la teoría. Llevo más de 15 años trabajando con algunas de las multilatinas más importantes de la región, en sectores como pesca, acuicultura, manufactura, textil y agroindustria. Y los últimos cinco años, metido de lleno en el ecosistema de emprendimiento desde el venture building. Esa combinación me pone en un lugar particular: cuando evalúo una startup o una tecnología, siempre pienso primero en cómo se integraría a la operación real de una industria. Y desde ahí, con frecuencia, encuentro una disonancia entre lo que promueven estos programas de innovación abierta corporativa y lo que realmente necesita, y cómo realmente piensa, quien está del lado de la industria.
La hipótesis, entonces, es esta: no es un problema de capital.
Las empresas medianas y grandes de sectores productivos ya gastan dinero en tecnología, todos los años. En equipos nuevos, en procesos de mejora, en probar cosas que a veces funcionan y a veces no. Ese presupuesto existe. Lo que no existe, o existe muy poco, es un mecanismo confiable que canalice parte de ese gasto hacia startups locales, en vez de hacia proveedores importados o hacia desarrollos internos que replican lo que una startup ya resolvió.
En estos últimos años he conversado con varias empresas medianas, incluso pequeñas, lideradas muchas veces por exejecutivos de grandes corporativos, que sí están interesadas en conectar con startups. El interés genuino existe. Lo que no sienten es que el ecosistema local les ofrezca hoy una forma técnicamente viable de hacerlo. Es una conversación que se repite, con distintos nombres, en distintos sectores, y es, francamente, desalentadora: hay una oportunidad real ahí, y hoy no se está capitalizando.
Y aquí vale la pena decir algo que se pierde en el entusiasmo del término: innovación abierta no es un concepto nuevo. Es desarrollo de proveedores, es proyectos de mejora de procesos, es búsqueda conjunta de soluciones con terceros. Todo eso ya existe en la empresa productiva desde hace décadas, solo que con otro nombre y sin el empaque de innovación. El músculo ya está. Lo que falta es activarlo con el mecanismo correcto: curaduría rigurosa de a quién se convoca, diseño de programas que respondan a una necesidad real y no a una agenda de relaciones públicas, y una traducción honesta entre lo que la industria necesita y lo que el ecosistema de emprendimiento puede ofrecer hoy.
Cuando la industria termina buscando afuera
Danper Trujillo, una de las agroexportadoras más grandes del Perú, participó en una convocatoria de Innovación Abierta de ProInnóvate identificando cinco desafíos tecnológicos concretos para su operación. Hasta ahí, un ejemplo perfecto de lo que debería pasar más seguido: una empresa productiva real, no una mega-corporación, con problemas específicos y presupuesto para resolverlos.
Lo revelador está en el siguiente paso. Para encontrar soluciones a esos desafíos, Danper convocó a empresas y startups “a nivel mundial”, según su propia comunicación pública del proceso.
No es un error de Danper. Es, probablemente, una decisión razonable si el ecosistema local no le ofrece confianza suficiente de que hay soluciones maduras cerca. Pero es exactamente el síntoma que esta edición quiere nombrar: cuando una empresa productiva mediana-grande decide dar el paso, termina buscando en el mundo entero antes que en su propio país o región, porque no existe el mecanismo de curaduría que le permita encontrar, evaluar y confiar en el proveedor local adecuado.
¿Y las startups, dónde están mirando?
Hay una pregunta que se desprende directo del caso anterior, y que casi nunca se hace en el mismo espacio donde se celebra el crecimiento del ecosistema emprendedor.
Si las empresas productivas terminan buscando afuera, y al mismo tiempo el ecosistema de startups peruano crece año con año, ¿a qué sectores están apuntando esas startups que la industria no está viendo como una opción real? ¿No existen soluciones para pesca, acuicultura, manufactura o textil dentro del ecosistema local, o existen pero no son visibles para quien decide dentro de la industria?
Es una pregunta incómoda porque no tiene una sola respuesta correcta, y cualquiera de las dos explicaciones posibles debería preocuparnos. Si de verdad no existen soluciones locales para esos sectores, hay un vacío de oferta que alguien debería estar llenando, y una oportunidad clara para quien lo haga primero. Si existen pero no son visibles para la industria, entonces el problema no es de oferta, es de intermediación: nadie está haciendo el trabajo de conectar lo que ya existe con quien lo necesita.
La cifra que no existe
Karen Weinberger, decana de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad del Pacífico, lo plantea con precisión académica en un análisis reciente del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP): según el Reporte GEIAL Lima 2025, la innovación abierta corporativa es una de las fuerzas con mayor progreso reciente en el ecosistema limeño. Pero el mismo reporte, y su versión comparada de 27 ecosistemas latinoamericanos, es igual de claro en la otra dirección: la innovación abierta solo genera impacto sostenido cuando se apoya en tres pilares. Capacidades internas en las empresas, más allá de un área de innovación aislada. Organizaciones de interfase sólidas que traduzcan lenguajes y expectativas entre industria y startups. Y una gobernanza del ecosistema que alinee incentivos y prioridades. En ausencia de esos tres pilares, dice el reporte, la innovación abierta tiende a quedarse en programas piloto, con bajo efecto demostración y poco aprendizaje colectivo.
Y aquí una cifra que en realidad es la ausencia de una cifra, y que vale la pena decir con la misma honestidad con la que ProInnóvate merece ser reconocido por sostener estos instrumentos durante años: no existe evaluación pública de impacto que documente cuántos de los proyectos financiados bajo su línea de Innovación Abierta terminaron en un contrato comercial, una adquisición o una adopción real más allá del piloto. ProInnóvate publicó una compilación de 60 casos de éxito de proyectos financiados, un esfuerzo válido de visibilizar el trabajo hecho. Pero no hay, hasta donde pudimos encontrar, un seguimiento posterior al financiamiento que responda la pregunta que más importa: ¿y qué pasó después?
Preguntas para volver a intentarlo
Esta vez la lección no es un framework de solución, es un conjunto de preguntas honestas para tres actores distintos. No pretenden agotar el tema. Buscan que cada actor se reconozca en ellas.
Para startups y emprendimientos:
¿La innovación abierta corporativa es hoy una oportunidad de negocio real para ustedes, o principalmente un canal de visibilidad?
¿Están preparados, técnica y comercialmente, para trabajar con la industria, entendiendo su estructura de costos, sus tiempos y sus exigencias de continuidad?
Los que lo han intentado: ¿qué pasó realmente después del piloto o del evento? ¿Hubo continuidad, contrato, o el proyecto se quedó en la foto?
¿Ven más oportunidad en los grandes corporativos con programas formales, o en las empresas medianas que hoy casi nadie está atendiendo?
Para empresas medianas y grandes de sectores productivos:
¿Conocen este mecanismo como una opción real para resolver sus problemas operativos o de producto?
¿Lo han intentado alguna vez, formal o informalmente? ¿Qué pasó?
Si no funcionó, ¿qué creen que faltó: confianza, tiempo, capacidad de las startups, o capacidad interna propia para gestionar el proceso?
¿Reconocen que ya gastan capital, en tecnología importada, en pruebas que no funcionaron, en desarrollo interno redundante, que podría canalizarse hacia esto si el mecanismo fuera confiable?
Para incubadoras, aceleradoras y organizaciones de soporte al emprendimiento:
¿Es negocio real para ustedes promover innovación abierta con la industria, o depende enteramente de que exista un fondo público que lo subsidie?
¿Tienen en su equipo personas con experiencia operativa real en la industria, no solo en el ecosistema de emprendimiento, capaces de traducir entre ambos mundos?
De los proyectos en los que han participado, con ProInnóvate u otros financiadores, ¿qué resultados concretos pueden mostrar más allá de la entrega de fondos?
¿Los donantes o financiadores les exigen evidencia de resultados de adopción, o solo de ejecución del programa?
Nada de esto significa que el capital, la voluntad o el interés estén ausentes. Significa que, hasta ahora, faltó la arquitectura institucional para que se encuentren de forma sistemática: reglas claras, roles definidos, incentivos alineados y métricas que midan impacto, no solo actividad, como bien lo resume el análisis de Weinberger para el CIUP.
Y quiero ser preciso en esto, porque es fácil malinterpretarlo: no creo que los actores actuales, las incubadoras, las aceleradoras, el propio Estado, estén haciendo mal su trabajo. Creo que se necesitan nuevos actores y nuevas competencias para conectar startups con industrias de verdad, y que eso es, en sí mismo, una etapa de madurez distinta, que probablemente está al mismo nivel o un paso después de la aceleración. Si los programas de aceleración en el Perú todavía están en una etapa de desarrollo, tiene sentido que la articulación de innovación abierta corporativa con la industria esté también en una etapa incipiente. No es un fracaso de nadie. Es, simplemente, dónde estamos en la curva.
Y ahí está, precisamente, la otra cara de la concentración que describimos en la edición anterior. Si el mecanismo ya demostró que funciona para minería, fintech y consumo masivo, la pregunta que vale la pena hacerse no es si el modelo sirve. Es qué se necesita para llevarlo a la agroindustria, la pesca, la acuicultura, la manufactura y el textil, sin pedirles que reinventen la rueda ni que esperen otra década de programas piloto sin seguimiento.
Nuestra lectura, después de revisar los datos de ambas ediciones, es que el desafío no es principalmente de dinero. Es de diseño: curaduría rigurosa de a quién se convoca y con qué nivel de madurez, programas construidos alrededor de una necesidad real de negocio y no de un calendario de eventos, y un actor capaz de traducir con honestidad entre lo que la industria necesita y lo que el ecosistema de startups puede ofrecer hoy, sin inflar expectativas de ningún lado.
Es, en el fondo, el mismo trabajo que la empresa privada siempre ha hecho bien cuando decide desarrollar un proveedor estratégico. Solo que todavía no le hemos dado ese nombre, sin el glamour, a la innovación abierta que necesita el Perú productivo.
Entonces, una última pregunta, para todos los que llegaron hasta aquí, sean startups, empresas de sectores productivos o actores de soporte al ecosistema: ¿les gustaría volver a intentar conectar startups con industrias, pero de una mejor manera?
Si la respuesta es sí, [conversemos →].
Nos vemos pronto,
Eddie



